domingo, 7 de marzo de 2021

Tú no vendrás

Una hora más,
y no vendrás.

Si llega la hora,
dentro de una hora,
será tarde.
Tan tarde
que ningún accidente atemporal 
conseguirá que te quedes.

Si el incesante minutero 
que te aguarda dando vueltas
alcanza a besar con sus labios 
las agujas que anuncian
la inminente hora que llega,
al final, tú no vendrás.

Será tarde, muy tarde.

Levantarán las paredes del tiempo
una frontera
que te impedirá llegar.
No te atreverás
a llamar a mi puerta,
o, simplemente, mañana 
tendrás que madrugar,
o habrá sido un día largo
y el cansancio tejerá nidos
en tus ojos.

Tengo que empezar a aceptar 
que, a partir de cierta hora,
tú dejas de venir
y empiezas a retroceder.

Y que si pasa
una hora más
y no has venido,
ya nunca lo harás.

viernes, 12 de febrero de 2021

Un poema para Lucas

No nazcas.
No te precipites al mundo
que te espera de este lado
con un mazo en las entrañas.

No vengas aún, no te apresures,
quédate a salvo 
allí donde el amor te retiene,
allí donde la vida es solo tuya,
donde eres frágil y fuerte al mismo tiempo.
Ahí donde no conoces aún
el sabor de la amargura,
donde oyes la voz 
más iluminada de esta tierra,
que te canta, que te habla, 
que te quiere.
Que te protege con 
la vida que le falta.

Lucas, por favor, aguanta.
Que en este mundo hace mucho frío,
que este lugar al que tú vienes, espanta.
Quédate ahí en el tuyo,
en ese almacén de besos,
unido a esa cadena que te salva,
quédate en el lugar que te sueña,
que juega a imaginar cómo
será tu cara,
si escribirás con la derecha
o con la izquierda,
cómo sonarán tu llanto, tu voz,
tus carcajadas.
Quédate un rato más.

Después te contaremos
el momento tan difícil
en el que nos llegaste.
Que fuiste la única luz 
en mucho tiempo.
Que soñé tantas veces 
con cantarte para dormir,
con tenerte entre los brazos
aún con miedo de que te rompieras.
Que hiciste feliz a una familia
que ya te amó antes de existir,
que tú siempre serás 
el antes y el después 
de nuestra pandemia.
Pero no vengas todavía,  
no nazcas aún.

Llegarás con mayo y con la primavera,
cuando este rincón del mundo 
sea un poco más cálido
y tu madre, mi hermana,
pueda acunarte sin pena.
Aguanta, Lucas, aguanta.

Confía en quien te cuida.
Que este mundo aún
no está hecho para ti,
que aún no puedes 
ser del mundo.

No lo seas. Aguarda.

domingo, 31 de enero de 2021

Si no me miras

Si tú no me miras, amor,
para qué persigo el aire
que atraviesas cuando pasas,
si no me miras.

Para qué ensucio recuerdos
y aborrezco rutinas,
si tú no me miras.

Para qué me bebo en silencio
los besos que no he podido darte,
para qué todo, por qué todo.
Nada tiene sentido
y ya no busco la vida,
si tú no me miras.

Si tú me cierras los ojos
igual que me arrancas 
el alma de la espera,
si decides pasar de largo
sin llegar a entrar nunca en mi mundo,
amor, dime para qué,
para qué mantengo tu espina
ensanchándome las venas,
dime para qué me quedo 
en esta huida que elegí 
para quedarme a tu lado.

Qué sentido tiene 
seguir dejándome mecer 
por esa abominable y civilizada masa estúpida
en la que pago el precio de no ser nadie
para creer y pretender ser parte de algo
que, en realidad, no rima con nada.

No rima con lo que he sido, 
ni con lo que soy,
no rima con el amor que me ha querido,
ni con la vida que yo anhelo.
Dime para qué, por qué pretendo acaso
llegar a ser como ellos
si tú no me miras, amor,
si no me miras.

Mientras ellos se perdían
resbalando en su sudor
bajo tu cuerpo,
mientras tú cantabas
al son de sus acordes repetitivos,
mientras inventabas tu propio ritmo
y ellos dejaban de mirarte,
quiero que sepas, amor,
que yo nunca he dejado de verte.

Y si tú dejas de verme a mí,
dime, herida ardiente,
dime para qué sigo respirando
si tú ya no me miras.

domingo, 17 de enero de 2021

Defensa del español

Un país me obliga
a ser recuerdo.

Como en los tiernos y azules días
de la infancia,
las palabras fueron trinchera
para una soledad acostumbrada
y una intimidad tímida y tardía
que libraba una batalla
con un ser que ahora desconozco,
que, para no dejarse ver,
se transformó en verbo y sustantivo.

Y el verbo,
que siempre fue carne,
acampó entre canciones,
poemas y refranes,
palabras con las que yo fui
fundando un lenguaje:
el idioma en el que me quisieron,
el idioma en el que aprendí a reír,
el idioma con el que creí 
inventarme el amor,
el lenguaje con el que supe
escuchar y comprender
y con el que terminé 
haciéndome entender también,
a base de rendirle cuentas al mundo
con la realidad escrita en el papel.

Hoy empuño las palabras
que me han traído hasta aquí
para no dejar de encontrarme
cuando me veo en otros ojos
y ver a los demás
cuando me miro a mí,
porque las palabras
nunca han sido una frontera,
sino el lugar en el que yo aprendí
a amar la vida.

En lo que de verdad importa,
solo existe un idioma, 
y es universal.

Mi única patria es
el amor que otros me han dado
y las palabras con las que 
aprendí a decir:
"Madre, arrópame, que tengo frío".

martes, 3 de noviembre de 2020

Un día de 2020

Es martes, 3 de noviembre.

El día despierta así:
atentado en Viena,
rumores de un nuevo confinamiento,
Madrid  -para variar-
colapsada por el tráfico
(ya se sabe, en esta ciudad, 
con un poco de lluvia...),
las peores cifras de contagio
en lo que va de año,
España es líder en Europa
solo en las listas negras,
un nuevo escándalo de corrupción
vuelve a sacudir -y no sorprende-
a la familia real.
Además, hay Consejo de Ministros:
no se espera nada más
que un nuevo espectáculo
de incompetencia política
y la noticia del día
es la expectación por las infladas
elecciones estadounidenses,
con la sombra de Trump
pisándole de nuevo los talones
a la integridad.

Por si fuera poco,
en lo mundano
es un martes lluvioso y gris,
siento que a los míos
les acecha un peligro invisible
y no puedo luchar contra él,
yo tengo miedo a seguir viviendo
y la ansiedad ha decidido
hacerse una cama en mi costado.

"Ser adulto es un engaño", me digo.
Y mientras la angustia
me parte el pecho en dos,
"suerte que hay amor", me vuelvo a decir.
Aún tendré la indecencia de pensar
que hoy puede ser un mal día
-contradiciendo a Serrat, 
que no me oiga mi madre-.

Y yo solo pienso en lo que algún día 
escribió Miguel Hernández:
«No sé por qué ni cómo
me perdono la vida cada día».

Una verdad a medias

 Estoy en paz con la Tierra

y en guerra con el mundo.

viernes, 3 de abril de 2020

Noche de insomnio

Escucho la palabra crisis
y la palabra pandemia
y la palabra silencio.
Recuerdos de aquel año, 2008.
Muertes, ansiedad, angustia.
Paro. Casa. Confinamiento.
Aplausos, balcones, videollamadas.
Escucho todo el rato la palabra de moda.
Las noticias parecen un parte de guerra.

Escucho «cuando esto pase...»,
escucho «ya queda menos».
Escucho la palabra beso
y se me remueve dentro el mar.
Escucho la palabra abrazo
y siento un pellizco
con nombre y apellidos.
Escucho que el mundo ha cambiado
y que va a seguir cambiándonos.
Y tengo miedo y esperanza.
Y dudas y deseos.

Escucho tantas palabras 
que, a veces, 
no puedo escucharme a mí.
Y, cuando lo hago,
no escucho nada.

Oigo el palpitar de mi corazón,
oigo cómo se precipita mi saliva
hacia mi estómago,
el rugir en mis tripas de la digestión,
el choque de mis fosas nasales
jugando con el aire
que me vacía y llena los pulmones,
oigo los mechones de mi pelo
escurrirse por detrás de mis orejas,
los suspiros clavarse contra mi espalda
y el aleteo de mi cuerpo entre las sábanas.

Fuera de mí es de noche.
Apenas hay ruido.
El silencio cae en mi cama
como una bruma.

Yo sigo sin decirme nada.
Los sueños pasan, el tiempo corre.
Quizá no tenga nada que decir,
quizá no tenga ganas de escuchar.

Lo único que me gustaría
es lograr conciliar el sueño.