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miércoles, 18 de junio de 2014

"Cuanto más dura es la pena, más cargado viene el ron"

Llegó el verano y me hiciste
un nudo de plata en la garganta,
un atardecer de miradas
y en el estómago
mariposas.
Llegó el verano y me enredaste,
y me clavaste los ojos en la nuca y en el alma.
Creerás que no me doy cuenta,
pero siento viajar tus ojos
hasta sin girar la cabeza.
Torbellino de alcohol y suerte,
a mi juicio eres impasible,
imposible, quiero decir, imbatible
en tu desesperado intento de tenerme.
Me quieres cuando quieres,
cuando bebes no me quieres,
cuando quieres me bebes,
cuando quieres, me quieres,
si bebes.
Pero llegó el verano y dijiste que no.
Y a veces pienso que soy ese alcohol que hoy te domina,
y que algún día
tus heridas de dentro sanarán,
y ya no necesitarás
beberme para dejar de sangrar.
Y no sé qué será de mí.
Porque ojalá yo fuese para ti tan adictiva...

lunes, 26 de agosto de 2013

Oda a un beso con asuntos pendientes.

Se hizo el silencio.
Él la beso.
Ella le besó.
Ambos se besaron.
Se dieron uno de esos besos cortos, lentos y con pasión retenida,
reprimiendo la inevitable conexión de dos que ya se han amado antes.
Se dieron uno de esos besos con previo suspiro y pausa,
y con estrellas en la mirada.
Uno de esos besos que dejan ver la trascendencia que tendría
si no existiese el miedo. O la distancia.
Una perfecta conexión retenida  y condenada
a un único beso,
con la intención de ser frío, pero más cálido que nunca.
Un beso de película.
Un beso lleno de magia y tristeza al mismo tiempo,
que revelaba al fin y al cabo el sentido real de la vida:
tristeza y magia...
y miedo. Siempre el miedo.

jueves, 2 de mayo de 2013

"Erase una vez la historia de una herida"

Le dijiste adiós
con la sonrisa partida
y el corazón en la mano.
Luego agachaste la mirada
y en un vaivén de dolor y rabia
te apresuraste por aquel pasillo interminable.
Y él, clavando su mirada en tu alma,
se despidió sin parpadear
con su voz fría y contundente.
Te marchaste, y el ambiente se contaminó
de tristeza y conversaciones pendientes.
Dime por qué, por qué se empapó tu alegría
con las mismas lágrimas de miel y de antes.
Él nunca merecería sentir el calor de tu risa
y de tus ásperas manos intocables.
No le nombres, no le huelas, no le recuerdes.
Que desaparezca para siempre.
Y que se sienta culpable
de no haber sabido quererte hasta que sangre.
Como tú le quisiste,
hasta quedarte sin estrellas y sin aire.
Y bien que lo supo la tierra,
resentida e indomable
durante aquel largo y no tan frío invierno,
agridulce y rebosante de recuerdos inolvidables.
Tantos abrazos intentando curarte,
tantos besos y palabras en balde,
tanto mirarte y cuidarte,
tanto quererte, incluso amarte.
Y tantos tantos, que ninguno fue capaz de hacerte olvidarle.