Se hizo el silencio.
Él la beso.
Ella le besó.
Ambos se besaron.
Se dieron uno de esos besos cortos, lentos y con pasión retenida,
reprimiendo la inevitable conexión de dos que ya se han amado antes.
Se dieron uno de esos besos con previo suspiro y pausa,
y con estrellas en la mirada.
Uno de esos besos que dejan ver la trascendencia que tendría
si no existiese el miedo. O la distancia.
Una perfecta conexión retenida y condenada
a un único beso,
con la intención de ser frío, pero más cálido que nunca.
Un beso de película.
Un beso lleno de magia y tristeza al mismo tiempo,
que revelaba al fin y al cabo el sentido real de la vida:
tristeza y magia...
y miedo. Siempre el miedo.
Poesía. Para la libertad, para el invierno y para la inmensa minoría que quiera entenderlo.
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lunes, 26 de agosto de 2013
jueves, 2 de mayo de 2013
"Erase una vez la historia de una herida"
Le dijiste adiós
con la sonrisa partida
y el corazón en la mano.
Luego agachaste la mirada
y en un vaivén de dolor y rabia
te apresuraste por aquel pasillo interminable.
Y él, clavando su mirada en tu alma,
se despidió sin parpadear
con su voz fría y contundente.
Te marchaste, y el ambiente se contaminó
de tristeza y conversaciones pendientes.
Dime por qué, por qué se empapó tu alegría
con las mismas lágrimas de miel y de antes.
Él nunca merecería sentir el calor de tu risa
y de tus ásperas manos intocables.
No le nombres, no le huelas, no le recuerdes.
Que desaparezca para siempre.
Y que se sienta culpable
de no haber sabido quererte hasta que sangre.
Como tú le quisiste,
hasta quedarte sin estrellas y sin aire.
Y bien que lo supo la tierra,
resentida e indomable
durante aquel largo y no tan frío invierno,
agridulce y rebosante de recuerdos inolvidables.
Tantos abrazos intentando curarte,
tantos besos y palabras en balde,
tanto mirarte y cuidarte,
tanto quererte, incluso amarte.
Y tantos tantos, que ninguno fue capaz de hacerte olvidarle.
con la sonrisa partida
y el corazón en la mano.
Luego agachaste la mirada
y en un vaivén de dolor y rabia
te apresuraste por aquel pasillo interminable.
Y él, clavando su mirada en tu alma,
se despidió sin parpadear
con su voz fría y contundente.
Te marchaste, y el ambiente se contaminó
de tristeza y conversaciones pendientes.
Dime por qué, por qué se empapó tu alegría
con las mismas lágrimas de miel y de antes.
Él nunca merecería sentir el calor de tu risa
y de tus ásperas manos intocables.
No le nombres, no le huelas, no le recuerdes.
Que desaparezca para siempre.
Y que se sienta culpable
de no haber sabido quererte hasta que sangre.
Como tú le quisiste,
hasta quedarte sin estrellas y sin aire.
Y bien que lo supo la tierra,
resentida e indomable
durante aquel largo y no tan frío invierno,
agridulce y rebosante de recuerdos inolvidables.
Tantos abrazos intentando curarte,
tantos besos y palabras en balde,
tanto mirarte y cuidarte,
tanto quererte, incluso amarte.
Y tantos tantos, que ninguno fue capaz de hacerte olvidarle.
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