miércoles, 11 de septiembre de 2013

"Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos"

Igual a la luna le toca vestirnos de otoño antes de tiempo.
Igual su resplandor ha dejado ya de quemarme la  piel.
Igual su aureola nuclear ya no atraviesa mis párpados.
Igual esta luna ya no es la misma luna
que tantas veces nos ha visto amarnos.
Quizá no es la misma luna
que me descubrió pensando en ti
cuando estabas lejos.
Quizá esta luna mía
ya no es igual a la que tú miras.
O puede que tú y yo ya no seamos los mismos.
Pero sé que esta luna recuerda
y te recordará siempre,
aunque no quieras,
todo lo que hemos sido.

viernes, 6 de septiembre de 2013

"Yo contigo siempre"

Y por mucho que me lo jures,
yo siempre tendré miedo.
Pero también siempre tendré ganas
de volver a intentarlo.
Porque tú y yo somos como el sol
que en el mar nace y muere cada día;
pero nadie duda, ni siquiera yo,
de que volverá a brillar en lo alto del cielo
a la mañana siguiente.


''¿Qué tienes,
qué tenemos,
qué nos pasa?
Nuestro amor es como una cuerda dura
que nos amarra hiriéndonos.
Y si queremos salir de nuestra herida,
separarnos,
nos hace un nuevo nudo
y nos condena a desangrarnos y quemarnos
juntos.''

(Pablo Neruda. Los versos del capitán.)

P.D: al ejemplo de amor más grande. 6 de septiembre de 1986.

jueves, 29 de agosto de 2013

Y solo sé que...

Hacía frío
y llegabas tarde,
lo cual me hizo pensar
que no tenías prisa.
No me equivoqué.
Llegaste y me abrazaste.
Hacía calor.
No sé cómo lo haces.
Viniste con tu para nada habitual semblante serio,
que quizá desvelaba tristeza y miedo,
y divagamos acerca de todo,
menos de lo que teníamos que decir.
Me miraste,
y yo te esquivé la mirada,
como siempre.
Y es que con solo una mirada
puedes desarmarme.
Y nada más temo.
Entonces agaché la cabeza,
y me besaste la nuca,
y el cuello,
y las entrañas.
Supe que nos lo habíamos dicho todo.
Pero por si alguna duda quedaba,
rompiste el silencio:
-Te quiero.
Y todo volvió a girar de nuevo.
Y yo...
Yo no sé cómo lo haces...

lunes, 26 de agosto de 2013

Oda a un beso con asuntos pendientes.

Se hizo el silencio.
Él la beso.
Ella le besó.
Ambos se besaron.
Se dieron uno de esos besos cortos, lentos y con pasión retenida,
reprimiendo la inevitable conexión de dos que ya se han amado antes.
Se dieron uno de esos besos con previo suspiro y pausa,
y con estrellas en la mirada.
Uno de esos besos que dejan ver la trascendencia que tendría
si no existiese el miedo. O la distancia.
Una perfecta conexión retenida  y condenada
a un único beso,
con la intención de ser frío, pero más cálido que nunca.
Un beso de película.
Un beso lleno de magia y tristeza al mismo tiempo,
que revelaba al fin y al cabo el sentido real de la vida:
tristeza y magia...
y miedo. Siempre el miedo.

sábado, 6 de julio de 2013

"La Luna vino a la fragua..."


Y yo la estaba mirando,
y tú no me acompañabas.
Estaba medio llorando,
lejana, en el cielo, congelada.

Alguien ha manchado la Luna,
parece que la han arropado.
Alguien la descubrió desnuda,
y la vistió con un manto de punto agujereado.

Su claridad está forjada,
¿hasta dónde llegarán sus rayos,
si el mundo entero la dispara
con sus suspiros contaminados?

Pero esta noche tú y yo miramos la misma Luna,
y al mirarla veo tus ojos brillar bajo sus párpados.
Hoy sé que no nos abandonará nunca,
y que al mirarla, aún desde lejos, nos mantendremos abrazados.



P.D: para ti, con todo mi yo








jueves, 23 de mayo de 2013

Te hablo con el corazón, es lo único que tengo.

Ayer. Ayer te miré, te abracé, te besé, apreté tus manos, muy fuerte, y nos prometimos que nunca se separarían. Ayer te quise tanto, que quise que ayer fuese eterno. Pero ayer ya no es hoy. Ni mañana. Ayer se ha ido, llevándose con él la certeza de que seguiremos siendo tú y yo, igual que ayer, hoy y mañana. Las palabras también pueden ser eternas si queremos que lo sean. Y yo ayer, ayer las grabé para siempre en las estrellas. Pero ayer se ha ido, junto a todos los periódicos tirados a la basura, ya dispuestos a ser reciclados para hacer otros nuevos. Y ahora me pregunto si la eternidad permanece habiendo sido prometida en un día con fecha de caducidad. Yo no quiero que nuestro amor sea de reciclaje. Y no quiero que nunca lo tiremos. Y no hay nada que me lo asegure. Quizá solo ese miedo a confesarte que hoy te quiero un poco más que ayer, pero siempre menos que mañana. Porque sé que puede que llegue un mañana en que no estés. Pero tu ausencia tampoco durará para siempre. Solo permanecerán mis palabras, en la continuidad de un ayer, un hoy y un mañana, en el que te quiero siempre y pase lo que pase; porque lo prometí en un día con fecha de caducidad.

P.D: A los míos.

lunes, 20 de mayo de 2013

Microrrelato II

Se fue, y yo me quedé plantada en el mismo sitio en que solía mirar cómo se marchaba; viendo sus pasos alejarse, su nuca carbonizada rimando con sus ojos impenetrables, difuminándose por la comisura de las escaleras. Y me quedé escuchando el tremendo eco de tristeza que desprende cuando se aleja, con la imagen fija en la cabeza de su sonrisa torcida y pícara envolviendo la piel blanca y tensa que abraza su figura espontánea y risueña. Mientras todo ardía en mi incansable conciencia perturbante, nada escuchaba de fuera. Tan solo resonaba esa voz tardía en mi cabeza tentándome cada vez más a salir corriendo tras él. Y mientras todo pasaba, mientras el tiempo ocurría, yo estaba ahí parada y él de camino a nosedónde y con nosequién. Y mientras lo pensaba, mientras el tiempo se me escapaba, le perdía, y me descubrí  apresurándome en su búsqueda, cual mosquito atontado que persigue el último esbozo de luz para vivir. Así que bajé deprisa las escaleras, las mismas que él había dejado impregnadas con su rastro de perfume masculino. No me importaba tropezarme con todas aquellas personas que se interponían en mi camino, los iba zigzagueando como si de un examen de agilidad se tratase. Pero la gran masa de gente intentando entrar en la facultad, mientras yo pretendía salir, me impedían avanzar, ni deprisa ni despacio, simplemente no podía salir de aquel tumulto empeñado en hacerme fracasar en mi búsqueda. Por fin conseguí colarme entre toda esa gente, dada mi escasa estatura, y salí disparada persiguiendo sus ojos profundos e infinitos. Ya me veía gritando su nombre, mientras él se volvía y acudía deprisa a abrazarme. Nunca más le dejaría ir. Y esa eterna esperanza sostenida únicamente en una absurda ilusión me mantuvo con fuerza para seguir mi recorrido. Cuando me dispuse a cruzar el paso de cebra, que era como mi llegada a meta, el semáforo se puso en rojo, pero sin ningún reparo decidí jugarme la vida luchando contra aquellos coches que me pitaban e insultaban con bastante razón, por cierto. Pero nada importó. Bajé corriendo las escaleras de la boca de metro, cliqué el billete y continué corriendo hasta llegar al andén uno. Mientras bajaba las últimas escaleras que me llevaban por fin a él, me tropecé y bajé rodando, lo cual me hizo más rápida la llegada, la verdad, aunque no más aparente. Al llegar al último escalón me levanté, obviando a todos los preocupados por mi estado, a los que se reían de mi estúpida caída y a ese pequeño río de sangre que había empezado a surgir de mi rodilla. Y me aproximé de forma dulce y desenfrenada -algo desorientada todavía, he de reconocer- al atisbo de esa entrañable nuca que cruzaba ya las puertas del vagón. Allí estaba yo, con la mirada iluminada y la sonrisa preparada para gritar su nombre, cuando de pronto se giró y la besó.